Por Emile Cioran* La historia no discurre sólo por un camino, y tampoco depende únicamente de una sola causa. Una necesidad interior prevalece por encima de todas las formas de vida y de la cultura. ¿Cuáles son los medios por los que se desarrolla la vida histórica propiamente dicha? ¿Cuál es su instrumento? El arte, para quienes han imaginado una justificación estética de la historia; la ciencia, para quienes han limitado su horizonte al positivismo. Tales ideas —invenciones de filósofos y de algunos otros hacedores de ilusiones— carecen de un sustento real. Los pensadores imaginan que el curso de los acontecimientos guarda alguna relación con los vuelos del espíritu, o que la realidad puede elevarse hasta las alturas de la espiritualidad. Cuando escuchamos a un filósofo espiritualista evocar, inocentemente, el proceso de espiritualización creciente de lo real o una solución espiritual definitiva para el conjunto del mundo sensible, nos preguntamos, si acaso han mantenido los ojos bien abiertos entre todos los mortales en un mundo que muere, ¿a qué vienen semejantes lucubraciones? ¿Por qué tanta delicadeza meditativa habita el cerebro y el corazón de algunos hombres?
Los filósofos razonan como si los políticos y la política no existieran sobre la faz de la tierra, como si la política no fuera un elemento central de la vida, el verdaderoinstrumento de la historia.
La historia del espíritu no es la historia; ésta contiene una realidad mucho más vasta. Aunque tenga componentes que no participan del espíritu en algún grado, los elementos biológicos y espirituales no se distribuyen de acuerdo con un equilibrio armónico. Es la sangre la que triunfa en el hombre político. ¿Esto significa que éste no es, jamás, una realidad espiritual? No; más bien significa que lo espiritual no es una parte constitutiva de su ser. Para él, el espíritu es un lujo necesario, mientras que para el artista es su sustancia.
Las filosofías que proclaman la espiritualización total como la coronación del devenir son injustas con la política; ven en ella un estadio primario en la evolución del espíritu y no una forma esencial de la historia, una forma constitutiva, paralela a las más elevadas del espíritu y en coexistencia con ellas. La política —y con ello entiendo tanto sus valores como a los políticos mismos— se arraiga a la vida mucho más profundamente que el espíritu, pues la política expresa y se sirve de valores vitales, mientras que lo espiritual crece a cada respiro de la vida.
La concepción unilineal de la historia admite un solo principio absoluto, al que se subordinan todos los contenidos reales y concretos. Tanto el idealismo como el positivismo han dejado muy maltrecho el devenir. No es el idealismo el que hizo comprender la historia a Hegel, sino un irracionalismo inconfesado presente en toda su obra. Comparemos su inteligencia histórica con la perspectiva positivista de Augusto Comte, y notaremos la insipidez teórica de éste y la matizada riqueza de aquél.
Historia e irracionalismo no son términos idénticos sino correlativos. Sólo se reencuentran en la periferia, tangencialmente. La ética, la axiología, el racionalismo determinan al mundo por encima del devenir; una esfera del espíritu normativo que hace emerger, cada vez que puede, la agresiva inestabilidad del futuro. El mundo normativo se encierra —con todos sus valores de los que proviene su debilidad implícita— en una región ajena a la vida, e intenta imponer formas que únicamente acepta para abandonarlas.
Los valores, debido a su tendencia a la autonomía, se constituyen en una zona escindida de la vida y, al haber creado su propia base racional, pierden de consuno su base vital. De tal suerte que, en el fondo, sólo existe una axiología racionalista. La ética también se siente plena, únicamente, con cimientos racionalistas. El vitalismo, al colocar el acento en la inmanencia, ha suprimido el dualismo, es decir, los asideros teóricos de la ética. Así, el devenir es reintegrado a su categoría —podríamos decir también que a su vocación— que consiste en crear y destruir de manera irresponsable.
Todas las concepciones de la vida que subrayan el sentido de lo inmanente dejan un gran espacio a la política. No hay, después de lo económico (que, en el fondo, es también su esclavo), ningún dominio como el político que represente como él mismo el carácter de ser del mundo.
El inmanentismo de la política explica por qué las almas colmadas de ardor religioso, es decir, en las que bullen en deseos por salir del mundo, han despreciado el fenómeno político y han visto en él, con justeza, una preocupación y, sobre todo, una tentación demasiado apegada a las pasiones y a las vanidades terrenales. No hay más relación entre la religión y la política que la que existe entre un santo y un burgomaestre. El hombre siempre está más a gusto en la postura del soldado que en la de ángel. Esto significa que rechaza la bondad…
Si lo impelen fuerzas instintivas, y si responde a la voz de la sangre, el político no puede ser más que el prisionero voluntario de ese mundo que se encuentra bajo el imperio de la sangre. Mientras más se adhiera a este mundo, más se es político.
Los afanes de dominación impulsan a un hombre a la política cuando se concentran y se organizan en él en vista de su ascenso individual hacia una finalidad colectiva. Al fundirse con un interés objetivo, los instintos personales más rapaces de un arribista determinan la configuración del hombre político. Aquellos cuyos vigorosos instintos no corresponden a semejante interés sólo podrán ser tiranos o, en el mejor de los casos, aventureros. La pregunta persistente que se formulan los ciudadanos ordinarios —¿cómo es posible que la mayoría de los políticos puedan ser tan corruptos e interesarse tan poco en los asuntos de la ciudad y en ellos mismos?— tiene una respuesta aparentemente sencilla. Algunos hombres albergan en sí únicamente un impulso político, que sólo se desarrolla y opera en función de ellos mismos. Los asuntos públicos solamente les interesan como un marco en el que se encuadra su gusto político. La frecuencia de asunciones políticas de este tipo es mucho mayor de lo que se piensa. Los numerosos políticos que surgen profusamente en las democracias pertenecen a este género de egoístas menores que aspiran a la celebridad, y que muy rápidamente se sumergen en el anonimato más oscuro. Al conferir a cualquier ciudadano la posibilidad de participar activamente, en cierto sentido, en la vida pública, el régimen democrático y su sistema parlamentario han incrementado la mezquindad política y la megalomanía de cada uno. Resultado: la democracia ha revelado toda una serie de talentos políticos, pero a escala global sólo dos o tres verdaderos genios políticos. Un gran genio político por excelencia debe ser un dominador. Quien sólo sabe pero no puede mandar, no sirve de nada. Para que admita una intervención y un control en los actos de los jefes, la democracia anula su prestigio mítico y los coloca en el plano de los simples mortales, y explica su ascenso en términos de oportunidad. El flujo y el reflujo de los destinados no es interpretado como un llamado intrínseco al hombre, sino en función de casuales circunstancias exteriores.
Clemenceau fue el último gran hombre de la democracia, empero —ironía significativa— su genio se valoró gracias a un régimen cuasi-autoritario, y su luz despuntó sobre las sombras cuando la guerra oscureció la democracia francesa. Existen otras cualidades del gran dominador: el amor irrefrenable a la comunidad, pero con el desprecio a los hombres; el cinismo de la fuerza; el culto a la victoria y al riesgo; ningún miedo ante la tragedia ni ningún remordimiento. Todos los grandes dominadores que han sucumbido ante problemas éticos han signado su destino político e histórico. Carlos V terminó en un convento en Yuste, en Extremadura, en un retiro voluntario; sus dudas apresuraron el crepúsculo de la hegemonía española, tal y como lo hicieron las obsesiones religiosas de Felipe II, su sucesor. Felipe III fue, todavía más, un maniático religioso. A causa del interés de sus reyes por otros mundos, España se les fue de las manos y las puertas de la gloria se cerraron definitivamente tras de ella.
¡Imaginemos a un César o a un Napoleón atormentado por cuestiones morales o religiosas! Ni de broma. Tal vez habrán dudado de sus estrategias, pero ¿qué día —para que lo anotemos cuidadosamente— habrán pensado en una sola gota de la sangre derramada para su gloria, o cuándo se habrán arrepentido de las manchas rojas que salpicaron su nimbo? Dudar no es digno de los conquistadores.
Los políticos de todos los tiempos se parecen más entre ellos mismos que a sus propios coetáneos, en cuanto a sus instintos y a la diversidad de sus ocupaciones. El jefe de una tribu africana se siente más próximo a Napoleón que a Beethoven, aunque haya comprendido a este último más de lo que imaginamos. Entre Lenin y César hay más afinidades que entre Lenin y cualquiera de sus contemporáneos… literarios. La concepción tipológica de la historia nos enseña que todos estamos condenados a ser lo que somos. Si —como me inclino a pensar— el mundo ha conocido a conquistadores que han “devorado” su pasión en el silencio de las bibliotecas, ello no impide pensar que tuvieron suficiente “estirpe” como para haberse equivocado de manera esencial. En el fondo, los únicos en equivocarse de camino en la vida son aquellos cuyos instintos no estuvieron a la altura de su vocación. César no podía volverse un sabio ni Napoleón un poeta. ¿Podríamos imaginarnos a un filósofo como dictador? Un filósofo no puede ser más que… presidente. Esto significa que el instinto político del hombre disminuye en la misma medida de su ethos agresivo.
No se puede estar políticamente dotado si no se está asimilado ingenuamente al tiempo. La conciencia filosófica nace de una ruptura temporal. El hombre político vive en el tiempo como dentro de una sustancia, de manera que el momento es su marco temporal. Así como no se puede pensar sin ser, hasta cierto punto, independiente del tiempo, no se puede actuar sin ser dependiente de los instantes efímeros. El terror inspirado por la nada temporal, el miedo ante el vacío de los instantes, a su insustancialidad, profundiza la perspectiva meditativa. La aspiración política jamás supo de estas cuestiones, y ni siquiera sospechó de su existencia. El tiempo es una roca para el auténtico político. Sólo reparan en él los pensadores, pues en ellos no circula esa sangre temporal; ¿a qué podrían ponerle atención si no es al tiempo que se desgrana? La esencia apolítica del espíritu…
El político no requiere inexorablemente de un “horizonte”. Hablando con propiedad, jamás se encuentra ante principios sino ante hechos. Ningún político debe pasar un examen de principios; por ello, su antípoda no es el artista sino el teórico. * Escritor y filósofo rumano. Traducción: José Antonio Hernández García |